La Necesidad de la Reparación

Por Alberto Cecereu

El dolor de un niño o niña de vivir un abuso o violación sexual, es una herida terriblemente profunda que hunde a seres humanos en un espiral de una serie de consecuencias que se redundan en: daño en el valor de comprensión del sí mismo, alteración en la conducta sexual en el proceso de maduración y problemas conductuales que pueden proyectarse de por vida.

Hoy gracias a los medios de comunicación, hemos conocido una serie de lamentables casos que afectan a menores de edad de diversas clases sociales, costumbres culturales y religiones, como un fenómeno transversal, sin discriminación alguna, que responde a los recónditos y desconocidos procesos mentales de los victimarios; gente común y corriente, muchos de ellos profesionales, que a primera vista, no hay sospecha alguna.

No obstante a esto, el sólo hecho de estos sucesos, cabe la reflexión que nuestra sociedad actual está inmersa en una crisis valórica, de denostación del cuerpo y espíritu del ser humano, donde al mismo tiempo que condenamos estos hechos, poco hacemos para iniciar el gran trabajo psicosocial de reparación de las víctimas.

La necesidad de la reparación es un imperativo ético. Es una responsabilidad de la sociedad toda, de asumir, acoger y tratar a toda víctima que sea sometido a este tormento. Reparar, es asumir los problemas de fraternidad de los seres sociales en la comunidad nacional. Es decir, tomar una posición de avanzada constructiva en hacerse cargo de los problemas que nos afectan. Esto sucede, ya que los procesos del Logos del entendimiento se desgastan cuando los parámetros identitarios caducan.

Al mismo tiempo que el Estado y la sociedad civil se hace cargo de forma conjunta de un proceso de reparación profesional y sostenido en el tiempo, con el rescate de la víctima como ser social íntegro, debemos preocuparnos del rescate de una sociedad libre y justa, pero con valores morales y éticos que redundan en un respeto del cuerpo, la vida, y el horizonte social de cada ser.

Valparaíso, 2 de junio de 2010


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